Todos los
personajes de esta historia son ficticios, cualquier semejanza con la realidad
es pura coincidencia.
Ro:
“La primera vez
que la probé tenía 14 años. Ese día la discusión había llegado a límites que
sobrepasaban el típico castaño oscuro. Mi madre se había olvidado de ir a
buscarme al entrenamiento, y tuvo que ir mi padre a por mí horas más tarde. Al
llegar a casa comenzó la batalla.
Yo no quise oír
una palabra. Estaba harto. De sus gritos. De sus golpes. Del intoxicante sabor
a alcohol en mi comida precalentada.
Por lo que nada
más ver la descomposición de lo que pretendía ser un ambiente familiar corrí
hasta alcanzar un escondite donde jamás me encontrarían… Y lo dejé salir. Sí,
esa noche lloré, y todavía no recuerdo haberlo hecho desde entonces.
Luego… en un
momento del letargo en mi cápsula de lágrimas, se me ocurrió mirar en la
mochila. Pero esa carpeta roja, esos cigarros y ese mogollón de bolsas blancas
no eran mías. Lo juro. No fue necesario estar en mis cinco sentidos para
comprender que eso estaba mal, muy mal.
Mi primer
pensamiento fue correr a enseñárselo a mis padres. Pero había perdido la noción
del tiempo y probablemente seguirían discutiendo, y no quería enfrentarme
nuevamente a eso.
Así que… saqué un
papel de la carpeta, desdoblé una bolsa abierta que al instante se derramó por
ese suelo increíblemente marrón.
Entonces respiré… y ya no pude parar.’’
Desperté a causa de un olor dañino que inundaba mis fosas nasales en
toda su totalidad. Era ya muy tenue, pero lo habría reconocido en cualquier
lugar; ese olor era mi camarada, mi compañía en los malos momentos y también
habría sido mi mejor amigo en los buenos, pero hacía mucho tiempo ya que no
experimentaba la felicidad de los días plácidos, así que simplemente era mi
aliado a todas horas.
Intenté incorporarme, pero nada me resultaba conocido. Aunque no
pasaba mucho tiempo en mi habitación todavía la reconocía, y a mi padre jamás
se le habría ocurrido quitar todos los muebles porque sí. Ya ni hablar de esa
inconsciente que se hacía llamar “mi madre”. Y no me era familiar una
habitación tan ordenada y vacía, no en mi casa.
Pero respirar es un acto involuntario, y tras unos jadeos la necesidad
se activó de inmediato e inconscientemente mi cerebro susurró la amarga verdad
tras ese tufo. No era nada más ni nada menos que el porqué de mi estancia en
ese lugar tan… hueco. El mono… Él me
había conducido como un taxista amable a esta adorable prisión de ensueño.
Y con mono no quiero decir chimpancé ni ninguna otra clase de
antepasados, sino la adicción. La necesidad de meterme más de esa mierda que me
consumía poco a poco.
Respiré fuertemente, y la carencia de esa droga en mi organismo
resultó abrumadora; no estaba acostumbrado a una ausencia de ella tan
prolongada.
Y supongo que fue esa desesperante falta la que me hizo levantarme del
todo de aquella cama blanda en la que dormía para buscar frenéticamente el
inicio de ese hedor… ese hedor reconfortante que me haría olvidarlo todo
durante los minutos que durara el paraíso.
Así que, descalzo y sin pantalones, salí de esa celda para aventurarme
en las profundidades de aquella mansión oscura en la que vivíamos tantos
adolescentes descontrolados. Claro que yo era el niño nuevo tras mi primera
noche no-oficial aquí.
No quiero decir que olfateé el ambiente como un perrito faldero, como
Obelix o cualquier otro necio personaje de dibujos animados, porque serían
puntos menos a mi reputación. Pero sí
diré que el placer se dibujó en mi cara al imaginarme lo bien que me lo iba a
pasar con mi amigo. O mi amiga, según las circunstancias y la persona.
Llevaba un par de pasillos recorridos cuando vi una ventana.
Gracias a unos gruesos barrotes oxidados que se romperían en cuanto
los tocaras, el sol entraba a duras penas. No sabía qué hora era, no tenía modo
de saberlo; Mi reloj me había sido arrebatado a la fuerza para estudiarlo en
profundidad por un par de tíos bigotudos -probablemente eran unos maderos- y como he dicho antes era nuevo aquí, por lo
que aún no sabía que se podía leer la hora en la tercera planta baja, segundo
pasillo a la derecha. Pero añoraba al sol. Era ridículo si contamos que no
pasara ni un día desde la última vez que lo vi en toda su brillante plenitud,
allá en el cielo. Mas no por ello dejaba de ser cierto.
Pero me estoy desviando. Yo observaba una ventana en la que casi no
entraba el sol, debería de ser muy temprano o quizás fuera un doble ventanuco -
en caso de que los barrotes cedieran- para asegurar nuestra estadía en aquel
pútrido lugar.
Miraba a ese espejuelo fijamente como un estúpido, cuando unas voces
llegaron a mis refinados oídos, eses que no me sirvieron de nada en el momento
de escuchar la maldita advertencia de la sirena policial. Era todo una jodida
ironía, Dios te otorga un don y te falla cuando más lo necesitas para salvar tu
culo. Pero Dios no existe ni siquiera hoy, sino se apiadaría de mí y mi estado,
y me habría enseñado la puerta luminosa al final del túnel.
Las voces me condujeron al desvío de un pasillo a la derecha, lo que
resulto genial, ya que tenía sitio de sobra para esconderme. El griterío era de
unos que, supongo, serían mis nuevos compañeros de casa, y discutían muy
acalorados sobre donde esconderían aquellos preciosos saquitos blancos llenos
de felicidad. Y de drogas.
Pero los muy memos no se dieron de cuenta de que el más listo de ellos
estaba fumando en el pasillo que continuaba frente a mi, oculto en una esquina
paralela a la mía, fuera de la vista de los energúmenos que no podrían ser
mucho más mayores que yo, porque en ese caso ya no estarían aquí. Seguro que el
olor de ese porro era el que llegara a mi nariz y me despertara de mi sueño
rejuvenecedor.
Al chico parecía ya no quedarle mucho tiempo en este mundo, pero tenía
de esas bolsitas a rebosar, y seguramente no podría ni con una calada más.
Seguro que se habría alegrado de que no le sobrara ninguna para los pavos que
seguían riñendo, así que decidí ayudarlo.
-Ei, tú, pásame una de esas. – Le susurré con una voz embotada a causa
de su desuso, señalando claramente a los paquetitos que le rodeaban.
Fue más fácil de lo que creía, pues en nada me lanzó uno de ellos con
una fuerza sorprendente, tanto que tuve que retroceder para recogerla. Los
otros parecieron no enterarse del intercambio, y si lo hicieron no pusieron
queja alguna.
Yo, a diferencia de mi compinche del pasillo, fui inteligente y me
tambaleé de vuelta a mi celda, aunque no sé si era la mía, eran todas tan
iguales que podría ser perfectamente de los que se peleaban, porque cundo me
fui ya no solo había palabras.
Me tumbé en la cama y enrollé entre mis dedos la cadena del collar.
Era una suerte que ese no me lo hubieran quitado. O quizás fueran mis súplicas
ñoñas de que era un amuleto de familia. De todos modos, los hombres aquí eran
unos pringados inconscientes.
Tiré de la pulsera e hice magia, pues salió un pedazo muy delicado de
papel con el que envolví lo que quedaban de los polvitos blancos, porque mi
amigo el listillo la abriera descaradamente y tras tanto salto ya no le quedaba
mucho dentro, a la pobre bolsita.
Y mi colgante, ¡que alguien bendiga a ese colgante! Tenía forma de
bomba, con un aro alrededor, como Saturno. Pero era un mechero, nadie se lo
imaginaría, ¿eh?
Por lo que todo era jodidamente perfecto, tanto, que incluso me llevé
la improvisación a los labios y nadie me pilló. Sonreí, como siempre que me
rencontraba con mi vieja amiga la droga. O mi amigo el tabaco. O mi amigo el
alcoh… Mis amigos, resumámoslo ahí.
Aspiré frenéticamente; había echado tantísimo de menos esta sensación…
Ah… el mono. El incuestionable causante de todas mis alegrías y
problemas.
- Tranquilízate
carí, ¿qué pasa?
- ¿Cari? ¡¿Cari?!
¿¡CARI?! – Empecé a hiperventilar.
- ¿Pero qué
pasa?¡A ver! – el muy memo aún tuvo la decencia de acariciar mi inmaculada
mejilla con sus sucias manos, por lo que descargué todo mi odio en una
cachetada en su moflete izquierdo.
- Todas esas veces que me dijiste que me
querías y ahora me engañas con otra, acostándote con ella. ¡Y qué otra! Nada
más que la mayor puta de mi instituto, la zorra de Emma.- Las lágrimas
desbordaban por mi mentón y caían de forma insonora en el pavimento.
- Por lo menos
ella me da lo que tú no.- ¿Cómo tuvo la decencia de decir eso?
- Ah.... ¿Es eso,
no? Como no me quise acostar contigo te tiraste a la primera que se te pasó por
delante ¡Eres un chuli-boy asqueroso!
- Vale, hasta
aquí llegó nuestra relación.- Me quedé bloqueada y perdí todo el color
escarlata de la ira. Yo de verdad lo amaba.
- ¿Qué?¿Qué tu me
dejas a mí? Eres un psicópata insensible.-Le pegué un rodillazo en sus jodidas
partes nobles para que tuviera un buen recuerdo de mí. -Me las pagarás. –
susurré.
Me desperté con un dolor de cabeza inmenso. Estaba acostada en mi cama con el pijama puesto. No tenía ni la menor idea de qué hora era, esa tarde me había metido en cama por culpa de los malditos recuerdos que me traía el imbécil que tenía como ex-novio y lloré como nunca lo había hecho hasta que me quedé a dormir. Me levanté y encendí la luz. De repente ví lo que supuestamente era mi habitación, estaba todo tirado y varias cosas rotas. Hice un poco de memoria y recordé que horas antes había tirado con todo lo que se pasaba por mi doloroso camino. Con un poco de cuidado me acerqué al espejo y pude ver mis ojos hinchados y rojos, como la nariz de un payaso. Una sonrisa irónica se dibujó en mi cara. ‘Todo esto por ese idiota al que quiero tanto’ pensé.
-¿Cenamos? – pregunté.
-Adelante - contestaron ellos.
Había algo distinto en sus miradas, algo que no me gustaba nada. Nos
sentamos a la mesa y empezamos a comer. Puré de patatas y filetes. No estaba
mal.
-¿Te ha pasado algo estos días hija? – dijo mi padre un poco borde.
- No me ha pasado nada – respondí con el mismo tono de voz.
- ¿En serio? Tienes los ojos un poco rojos ¿Has estado llorando?
- No papá. – Era mejor no decirles nada, acabaría más destrozada de lo
que estaba.
-Sabes que puedes confiar en nosotros, ¿verdad?
- No estoy muy segura – dije en voz muy baja. Esa era la verdad.
Bueno, la completa verdad es que estaba totalmente segura de que no podía
confiar en ellos.
- ¿Has dicho algo?
- Que sí, que sí lo sé.
- Bien.
La cena siguió y ninguno de los presentes dijo ni una sola palabra
más. No era un silencio agradable en los que te pones a pensar en qué rica está
la comida o en lo que te pasará mañana, era uno de esos silencios en los que
deseas con todas tus fuerzas que se acabe, que alguien diga algo, lo que sea,
pero no seguir así. Un silencio incómodo. Demasiado para mí especial gusto.
Acabamos y me fui al comedor, no quería entrar en mi habitación otra
vez, no quería volver a recordar, por lo que cogí mi bolsa de pipas y mi libro
favorito. ¿No os lo he contado? Siento una adicción especial por las pipas. Mi
familia dice que no es normal. Yo pienso lo mismo pero, ¿qué más da? Es mejor
que engancharse a eso que le llaman drogas y que mata a tanta gente. Además es
mi manía, y nadie me la arrebataría.
-¿El qué? – pregunté
un tanto extrañada
-Esta foto.
Y me enseñaron la foto que tiempo atrás había dejado en el baño.
Mierda. Toda la posible tranquilidad que necesitaba en ese momento, se estaba
esfumando con las agujas del reloj.
-¿Un amigo? No parece
que seáis amigos, ¿cuántas veces te hemos dicho que no queremos ‘novios’ en tu
vida? ¿Cuántas? ¿Por qué no te dedicas a estudiar en vez de hacer el
gilipollas? Nos tienes hartos con tus tonterías de niña pequeña.
-Sí, era mi novio,
¿y qué? Yo soy la que estoy harta de vuestra actitud conmigo – exploté, igual
que una bomba instalada para estallar a una hora precisa. Esa era mi hora. Cada
vez elevaba más el tono de mi aguda voz – Desde que se fue os convertisteis en
extraños para mí. ¿Qué pasa si tengo ‘novio’? Es mi vida y tendríais que respetarla. Pero claro, a
vosotros solo os interesa que mi puta media sea de un nueve, para tener una
buena carrera y manteneros cuando seáis más viejos todavía. Tener claro que cuando
cumpla los 18 me largo de aquí, no lo aguanto más.
-Dios mío hermanito,
te necesito y no sabes cuanto. Tú eras el único que me comprendía. El único que
entendía de alguna forma mi vida, y la respetaba.
Me tumbé en su cama. Hacía exactamente un año que no pisaba esta casa, que no hablaba conmigo o que simplemente no mirábamos juntos una película. Todo este tiempo, había estado en un reformatorio por culpa de mis padres. Si os digo la verdad, sentía que ni eran mis padres. Solo lo visitaba cada mes, si coincidía, pero decidí ir a visitarlo cada semana, dedicarle mi tiempo. Él lo merecía.
Me quedé a dormir en su cama, echa un ovillo. Necesitaba sentirlo cerca,
aunque estuviera tan lejos.
Le echaba de menos.


Holaaa ^-^
ResponderEliminarMe encanta *_____*
Escribis increiblemente bien, sois mis ilolas jajajajaja estoy deseando leer el segundo capitulo (lo voy a ver ahora.
Siento que el comentario sea tan corto, epro esque tengo muchisisisisisimas ganas de coemnzar el segundo asique...El próximo será más largo lo prometo :P
Besooooos :*
¡Muchísimas gracias! No te preocupes, nosotras también sentimos no subir muy a menudo. Un beso.
ResponderEliminar