"(Narra Colate): Estaba yo caminando por ese pasillo observando tranquilamente la foto de mi hermana pequeña cuando me choqué contra un cuerpo bastante fuerte. Levanté la mirada de la imagen para observar con una mueca de asco a quien se había atrevido a interponerse en mi camino. El individuo era James, uno de los más peligrosos de este lugar. Le sonreí con descaro. Ya sabía lo que me iba a pasar, y esta vez ganaría yo, o eso pensaba, porque detrás de James se encontraban sus dos perritos falderos dispuestos a dejarme inconsciente. Por lo que me adelanté a sus movimientos y le pegué un puñetazo con todas mis fuerzas en su bajo vientre. Él se tiró al suelo y le ordenó a los otros dos que viniesen a por mí. Yo salí corriendo con todas mis energías, que no eran pocas, pero desgraciadamente me alcanzaron y comenzaron a tratarme como a un saco de boxeo. Caí al suelo desvanecido y justo en ese momento apareció James, con su navaja en mano, y haciendo una exhibición estúpida de sus músculos me rajó la mejilla, en la cual no tardó en aparecer la colorada*. De alguna manera que todavía no logro comprender conseguí librarme de esos tres y eché a correr dejando sin querer atrás la fotografía."
Ro:
Hoy era uno de esos días en los que sabes que todo saldrá bien, el día perfecto. Me sentía relajado, sin tensiones y de alguna manera retorcida también crecía en mi interior un sentimiento de libertad aunque fuese precisamente lo único que no tenía. Libertad.
Caminaba tranquilo por el laberinto que era ese reformatorio, girando una izquierda otra derecha en cada uno de los cruces, era todo tan malditamente igual... pero la gente parecía no perderse allí dentro.
Otro desvío. Derecha.
No tenía ni la menor idea de qué se supone que debía hacer, los policías de poca monta ni siquiera se habían molestado en decirme en dónde se come. Y supongo que seguiría dando clases, a fin de cuentas aún soy adolescente.
¿Qué desvío tocaba esta vez? Ah, izquierda.
Lo que decía, que no tenía ni puñetera idea de a dónde debería ir o qué hacer. Por eso deambulaba por pasillos al azar, a ver si me topaba con algo para distraerme...
Ahora giro a la... ¿izquierda? Sí, izquierda.
A mi alrededor había de vez en cuando una inofensiva pandilla, una pareja, un individuo solo... aunque de esta última categoría solo había visto a un sujeto rubio, y estaba de paso, así que supongo que iría a reunirse con sus compañeros, porque no creo que aquí exista el término amigos.
Di a parar a una pasillo sin salida, con una única puerta cerrada que contenía un mensaje para cualquier bobo que se perdiera. Decidí acercarme a husmear, decía:
Ah. Bien, bien, había encontrado al comedor. Esperaba volver a toparme con él. Tal vez debería haber ido dejando migas de poliespán por el camino. Aunque a ver luego dónde dormía.
Me volteé e inmediatamente entré en una encrucijada, ¿por qué lado había venido? Joder, tenía una memoria asquerosamente olvidadiza. Bueno, ¿qué más daba?
Fui hacia la izquierda porque soy zurdo.
Y me tropecé con el rubio que antes estaba solo. El muy... iba corriendo hacia quién sabe dónde y siquiera miró atrás, así que yo me quedé maldiciéndolo en el suelo.
En un abrir y cerrar de ojos estaba aprisionado contra una pared por tres energúmenos preguntándome qué narices pasaba ahí. ¿Era todos los días así? Puede que me gustara este reformatorio.
-Mira por donde, perseguimos a un insecto y nos encontramos con la hiena. - El espécimen en cuestión se me acercó más de lo que era soportable, empujándome con fuerza contra el frío muro a mis espaldas, mientras los otros dos me agarraban por las muñecas.
-Aplástalo, James. - El primero en hablarme parecía ser el líder, pues se deshizo de su chaqueta y la lanzó hacia uno de los secuaces, que la recogió sin chistar.
-¿Pero qué...? ¿Qué queréis, degenerados? ¡Soltadme! - Junté saliva y le escupí en la cara a James para que retrocediera, empezaba fastidiarme su juego.
Este se quedó paralizado observándome con una impresión palpable en su mirada. Al menos hasta que frunció el ceño y me golpeó repetidas veces en el estómago, provocando que mi cuerpo rebotara contra la pared.
¡Vaya con el muy imbécil! Sabía pegar, y realmente fuerte, cabe añadir.
No me llegaba mucho aire a los pulmones, y por consiguiente empecé a marearme mientras James decidía que mis costillas ya estaban lo suficientemente magulladas e intentó deformarme la cara.
-¡Esto por ladrón, hijo de puta! - Gritó al tiempo en que mi mejilla recibía su puño derecho. Escupí de nuevo, pues sentía que demasiada saliva se estaba acumulando en mi boca. Pero fue sangre lo que salió, y le manché todo el careto de un mejunje rojo baboso.
Así que era eso... se habían enterado de lo de la droga. Seguro que el listo del pasillo se lo había largado todo. Un momento. Se habían metido con mi madre. Con la alcohólica inconsciente de mi madre. ¡Ya me llegaba con mis putos problemas como para que viniera este a triplicarlos!
Con la ira circulando por mis venas –ya que no podía desperdiciar ni un litro de sangre más- le atesté un rodillazo bien dado donde más duele y a la milésima cayó al suelo llevando las manos a la zona adolorida. Resultaba cómico.
-Yo no robé nada, gilipollas, y a mi madre ni mu. - Lo rocié de nuevo del mejunje que salía de mi boca, volteándome para encontrar el camino a mi celda.
Pero pobre de mí, tan ingenuo... Hay una regla de lucha básica, "nunca le des la espalda al enemigo", porque el enemigo te puede dar semejante golpe en la cabeza que te deja delirando.
-¡EH, VOSOTROS! - Me pareció escuchar a lo lejos una voz autoritaria.
Los tres idiotas miraron hacia el pasillo frente a mí y echaron a correr alarmados -aunque yo no veía absolutamente ningún peligro además del corrillo de curiosos a nuestro alrededor- dejándose atrás una pertenencia valiosa.
Con el último ápice de energía que me quedaba me agaché para recoger el pequeño tesoro, la chaqueta de James. Me la puse con lentitud, teniendo sumo cuidado de no rozarla bruscamente contra mis molidos huesos. Pasé el brazo por la boca, limpiándome con la tela los restos de sangre, visto desde fuera debería tener una imagen lamentable.
No pude más, ese era mi límite. Me desmayé.
Me había despertado hace unos minutos en una especie de enfermería, curado y completamente solo, sin nadie a quien exigir explicaciones. Salí de allí sin más, perdiéndome de nuevo por el reformatorio.
¿Qué hora era? O mejor dicho, ¿qué día era? ¿cuánto llevaba allí dentro? Bueno, de todos modos no tenía mucha importancia.
Tras revisar los bolsillos de mi nueva prenda me encontré unos cuantos objetos reciclables, entre ellos una navaja y una fotografía con una muchacha. Era bonita. Pero iba a sufrir en mis manos en el lugar de su hermano, novio o lo que fueran ella y James.
Di a parar a una sala en la que había un montón de familias contentas allá donde mirases. Me asqueaba su falsa felicidad, y al mismo tiempo les envidiaba por ese ambiente que yo nunca conseguí ni conseguiré con mis padres.
Escaneé la sala y mirada se detuvo en la de una muchacha que me resultaba conocida. Ah, claro: era la chica de la foto. La asesiné con mis ojos, preveniéndole del futuro que le esperaba. Ella se dio la vuelta y mantuvimos un pequeño contacto visual hasta que decició cambiar mis iris verdes por la pantalla de su móvil, visiblemente incómoda. Se dirigía hacia mí. ¿Qué pretendía? Me tensé cuando pasó a mi lado y mantuvimos de nuevo contacto visual, esta más largo y profundo.
Era preciosa. La atormentaría.
Iloveny:
Le agarré del cabello,
tirando hacia atrás para poder ver sus pupilas dilatadas en exceso.
-Charlie, para... no
estoy preparada y… - le escuché chasquear la lengua e incorporarse cuando la
típica escusa vino a mi mente - me duele
la cabeza.”
Caminaba por la acera de camino a la parada del autobús. Era un día lluvioso
en el que a nadie le apetecía hacer nada, excepto estar en casa acostado y
apoderado del mando de la televisión realizando esa acción a la que muchas
personas llaman zapping. Pero en ese Sábado deprimente para muchos, yo estaba feliz,
por fin iba a visitar a mi hermano. Llegué, me senté en uno de esos bancos
llenos de graffitis hechos por borrachos a media noche y quité mi bolsa de
pipas. Creo haberos hablado ya de mi adicción por ellas. Poco después una pareja se sentó a mi lado.
Miles de recuerdos me invadieron y algo parecido a las gotas de lluvia que
dejaban caer las nubes recorrieron mis mejillas. Agaché la cabeza y suspiré. En
ese momento llegó el autobús.
Cuando entré busqué un asiento libre. Había uno por el medio más o menos.
Me tocaba sentarme al lado de un señor de unos 60 años. ‘’No suelen dar la
lata’’, pensé. Así que me senté. Dejé la mochila que llevaba con los patines en
el suelo. El autobús me dejaba a 500m. del reformatorio y llegaría antes con
ellos.
Faltaba poco para llegar a la parada en la que bajaría cuando a mi
compañero de asiento se le cayó una cosa al suelo. Más bien que caer, yo diría
que lo tiró. Se agachó a cogerla y noté como subía su mano por mi muslo. Me
puse muy nerviosa, solo se me ocurrió levantarme de golpe. Un viejo de 60 años
metiéndome mano. El día que pretendía ser perfecto se estaba convirtiendo en
una mierda.
-¿PERO QUÉ CREE QUE ESTÁ HACIENDO? – Grité. Todo el mundo giró su cabeza
para ver lo que ocurría.
-¿Perdón? No te escucho.
Me entraron unas ganas enormes de pegarle una bofetada, pero quedaría yo
como la mala de la película. Yo no tenía pruebas de que me acosó, y el tenía de
testigo a todo el mundo de que yo le había pegado, así que metí la mano en el
bolsillo de mi sudadera y estuve de pie el resto del camino. Menos mal que fue
poco tiempo porque no aguantaba más con todas las miradas fijas en mí.
Me bajé y me puse los patines. Iba a mi ritmo, cuando escuché a alguien
toser detrás de mí. Me dí la vuelta y pude observar al señor del autobús.
Cuando llegué me puse mis zapatos, y entré. Me sabía de memoria el camino
hacia esa sala. Todo recto, a la derecha, sigues caminando y la puerta del
fondo a la izquierda. Como era el día de las visitas había mucha gente. A ver,
alguien rubio, y alto… Recorrí con la mirada toda la sala y encontré a alguien
con esas características mirando por la ventana. Me acerqué sin hacer ruído y
mis manos cubrieron sus ojos. Me acerqué a su oído y le susurré:
-¿Quién soy? – No le veía la cara, pero noté como sonreía.
-La única persona que viene a visitarme y la más fea de este planeta, mi
hermana.
-¡Olle! De todo menos fea, ¿eh? – Quité mis manos de sus ojos y él se dio
la vuelta. Mis ojos se fijaron en su cara, llena de moratones, cortes, y heridas
de todo tipo. El mundo se me cayó encima. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le habían
hecho? En ese mismo instante un montón de lágrimas se asomaban y yo luchaba
para que no lo hiciesen. Le abracé con todas mis fuerzas hasta que gimió del
dolor, supongo que le habría apretado una herida. Me separé lo más rápido que
pude.
-¿Qué… qué… qué te pasó? – susurré como pude.
- Pues digamos que me dolía la cara de ser tan guapo y me pegué a mi mismo
para que las mujeres no se fijaran tanto en mí.
- ¿Qué?
-Serás tonta… No te preocupes, una paliza como otra cualquiera. Sabes que
no es la primera vez que me hacen esto. Los imbéciles esos que se creen los
mejores del mundo y se aburren, tienen
envidia y me pegan.
-La próxima vez si te hacen algo así vendré a matarles yo personalmente.
- Cuéntame algo de ti, anda.
- Vaya, veo que cuando no estoy yo es cuando pasa todo lo interesante.
Seguimos hablando por casi una hora más hasta que un guardia nos
dijo que teníamos que irnos. Me volví a abrazar a Colate y le dije:
-Volveré pronto, bicho. No me eches de menos.
Me dí la vuelta, y me dirigí hacia la salida. Sin darme cuenta, me fijé en
un muchacho que estaba de brazos cruzados apoyado en el marco de la puerta.
Mantuvimos un pequeño contacto visual, el que cambié por la pantalla de mi
móvil, me sentía incómoda. Cuando pasé por su lado me tensé, suspiré y
mantuvimos de nuevo contacto visual, esta vez más largo y profundo.
Era precioso. Pero no me inspiraba confianza.
*Colorada: sangre.
Por favor, no copies.
Para Suso, por su ayuda con el personaje de Charlie.
Caminaba tranquilo por el laberinto que era ese reformatorio, girando una izquierda otra derecha en cada uno de los cruces, era todo tan malditamente igual... pero la gente parecía no perderse allí dentro.
Otro desvío. Derecha.
No tenía ni la menor idea de qué se supone que debía hacer, los policías de poca monta ni siquiera se habían molestado en decirme en dónde se come. Y supongo que seguiría dando clases, a fin de cuentas aún soy adolescente.
¿Qué desvío tocaba esta vez? Ah, izquierda.
Lo que decía, que no tenía ni puñetera idea de a dónde debería ir o qué hacer. Por eso deambulaba por pasillos al azar, a ver si me topaba con algo para distraerme...
Ahora giro a la... ¿izquierda? Sí, izquierda.
A mi alrededor había de vez en cuando una inofensiva pandilla, una pareja, un individuo solo... aunque de esta última categoría solo había visto a un sujeto rubio, y estaba de paso, así que supongo que iría a reunirse con sus compañeros, porque no creo que aquí exista el término amigos.
Di a parar a una pasillo sin salida, con una única puerta cerrada que contenía un mensaje para cualquier bobo que se perdiera. Decidí acercarme a husmear, decía:
Desayuno: 7:00-8:15
Comida: 2:15-3:30
Cena: 21:45-23:00
Ah. Bien, bien, había encontrado al comedor. Esperaba volver a toparme con él. Tal vez debería haber ido dejando migas de poliespán por el camino. Aunque a ver luego dónde dormía.
Me volteé e inmediatamente entré en una encrucijada, ¿por qué lado había venido? Joder, tenía una memoria asquerosamente olvidadiza. Bueno, ¿qué más daba?
Fui hacia la izquierda porque soy zurdo.
Y me tropecé con el rubio que antes estaba solo. El muy... iba corriendo hacia quién sabe dónde y siquiera miró atrás, así que yo me quedé maldiciéndolo en el suelo.
En un abrir y cerrar de ojos estaba aprisionado contra una pared por tres energúmenos preguntándome qué narices pasaba ahí. ¿Era todos los días así? Puede que me gustara este reformatorio.
-Mira por donde, perseguimos a un insecto y nos encontramos con la hiena. - El espécimen en cuestión se me acercó más de lo que era soportable, empujándome con fuerza contra el frío muro a mis espaldas, mientras los otros dos me agarraban por las muñecas.
-Aplástalo, James. - El primero en hablarme parecía ser el líder, pues se deshizo de su chaqueta y la lanzó hacia uno de los secuaces, que la recogió sin chistar.
-¿Pero qué...? ¿Qué queréis, degenerados? ¡Soltadme! - Junté saliva y le escupí en la cara a James para que retrocediera, empezaba fastidiarme su juego.
Este se quedó paralizado observándome con una impresión palpable en su mirada. Al menos hasta que frunció el ceño y me golpeó repetidas veces en el estómago, provocando que mi cuerpo rebotara contra la pared.
¡Vaya con el muy imbécil! Sabía pegar, y realmente fuerte, cabe añadir.
No me llegaba mucho aire a los pulmones, y por consiguiente empecé a marearme mientras James decidía que mis costillas ya estaban lo suficientemente magulladas e intentó deformarme la cara.
-¡Esto por ladrón, hijo de puta! - Gritó al tiempo en que mi mejilla recibía su puño derecho. Escupí de nuevo, pues sentía que demasiada saliva se estaba acumulando en mi boca. Pero fue sangre lo que salió, y le manché todo el careto de un mejunje rojo baboso.
Así que era eso... se habían enterado de lo de la droga. Seguro que el listo del pasillo se lo había largado todo. Un momento. Se habían metido con mi madre. Con la alcohólica inconsciente de mi madre. ¡Ya me llegaba con mis putos problemas como para que viniera este a triplicarlos!
Con la ira circulando por mis venas –ya que no podía desperdiciar ni un litro de sangre más- le atesté un rodillazo bien dado donde más duele y a la milésima cayó al suelo llevando las manos a la zona adolorida. Resultaba cómico.
-Yo no robé nada, gilipollas, y a mi madre ni mu. - Lo rocié de nuevo del mejunje que salía de mi boca, volteándome para encontrar el camino a mi celda.
Pero pobre de mí, tan ingenuo... Hay una regla de lucha básica, "nunca le des la espalda al enemigo", porque el enemigo te puede dar semejante golpe en la cabeza que te deja delirando.
-¡EH, VOSOTROS! - Me pareció escuchar a lo lejos una voz autoritaria.
Los tres idiotas miraron hacia el pasillo frente a mí y echaron a correr alarmados -aunque yo no veía absolutamente ningún peligro además del corrillo de curiosos a nuestro alrededor- dejándose atrás una pertenencia valiosa.
Con el último ápice de energía que me quedaba me agaché para recoger el pequeño tesoro, la chaqueta de James. Me la puse con lentitud, teniendo sumo cuidado de no rozarla bruscamente contra mis molidos huesos. Pasé el brazo por la boca, limpiándome con la tela los restos de sangre, visto desde fuera debería tener una imagen lamentable.
No pude más, ese era mi límite. Me desmayé.
Me había despertado hace unos minutos en una especie de enfermería, curado y completamente solo, sin nadie a quien exigir explicaciones. Salí de allí sin más, perdiéndome de nuevo por el reformatorio.
¿Qué hora era? O mejor dicho, ¿qué día era? ¿cuánto llevaba allí dentro? Bueno, de todos modos no tenía mucha importancia.
Tras revisar los bolsillos de mi nueva prenda me encontré unos cuantos objetos reciclables, entre ellos una navaja y una fotografía con una muchacha. Era bonita. Pero iba a sufrir en mis manos en el lugar de su hermano, novio o lo que fueran ella y James.
Di a parar a una sala en la que había un montón de familias contentas allá donde mirases. Me asqueaba su falsa felicidad, y al mismo tiempo les envidiaba por ese ambiente que yo nunca conseguí ni conseguiré con mis padres.
Escaneé la sala y mirada se detuvo en la de una muchacha que me resultaba conocida. Ah, claro: era la chica de la foto. La asesiné con mis ojos, preveniéndole del futuro que le esperaba. Ella se dio la vuelta y mantuvimos un pequeño contacto visual hasta que decició cambiar mis iris verdes por la pantalla de su móvil, visiblemente incómoda. Se dirigía hacia mí. ¿Qué pretendía? Me tensé cuando pasó a mi lado y mantuvimos de nuevo contacto visual, esta más largo y profundo.
Era preciosa. La atormentaría.
Iloveny:
“Era la noche
perfecta, volvíamos de ver ‘Tengo ganas de ti’ del cine y tras una sesión de
besos y caricias, nos encontrábamos en su coche, con Bobby en el maletero. Era
un perro muy mono, pero el animal no era lo importante. Lo que requería toda mi
atención era la sensación de sus manos recorriendo mi cuerpo de arriba abajo.
Nos habíamos dejado llevar demasiado lejos, más allá de lo que era y podía
soportar. Sin darnos cuenta yo estaba sin mi camisa y él tan solo conservaba su
ropa interior. Sus fuertes brazos me agarraban con fuerza, prometiendo
silenciosamente nunca dejarme ir, y yo le creía, porque estaba enamorada y él
me amaba a mí, todo resultaba perfecto. Su mano derecha descendió lentamente
por mi vientre, y yo ya sabía que pasaría si la dejaba continuar con su
trayecto. Pero era lo correcto, una demostración de amor hacia la otra persona.
Su boca abandonó mis labios y bajó con su mano allá donde se concentraba mi
calor. Me besó el vientre con lujuria, y al momento recapacité sobre lo que estaba
pasando, sintiéndome repentinamente asqueada.
‘¿Qué? ¿Esto es una broma, verdad? Me estoy equivocando’, pensé. Pero no,
no estaba equivocada, era aquel hombre. ¿Qué quería? El pánico se apoderaba de
mí y no sabía que hacer. Era más rápida que él, pero si me pillaba y me hacía
cualquier cosa, ¿quién me ayudaría? No estábamos en el centro de New York,
precisamente. Me limité a seguir patinando, esta vez el triple de rápido.
Quizás el también iba hacia el reformatorio…
-La próxima vez si te hacen algo así vendré a matarles yo personalmente.
- Cuéntame algo de ti, anda.
-Pues te echo de menos, un viejo me ha acosado en el autobús de camino,
¡qué asco! Discutí con mamá y papá otra vez y… lo dejé con Charlie, pero de eso
no quiero hablar.

