18/11/12

CAPÍTULO 3:


Todos los personajes de esta historia son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.



Ro:

"Lo recuerdo perfectamente, era una mañana de otoño como otro cualquiera. Ese día había salido del instituto más pronto que de costumbre porque no me gustaba la clase de Plástica. La profesora era una maldita zorra que solo enseñaba su <<mejor cara entre las peores>> a sus favoritos.

Volvía a casa tranquilamente deseando un gran plato de arroz de esos que solo sabe hacer la mujer que vivía conmigo. Me encontré un gato negro. Me reí de él en su hocico. Yo no creía en las supersticiones, y si era un minino tan adorable mucho menos. Decidí adoptarlo en forma de burla hacia todas esas personas que sí creían.

Su nombre sería Hell.

Entré por la puerta de casa sigilosamente ya que mis padres estaban discutiendo. Otra vez. Me detuve detrás de la puerta para que Hell escuchase el ambiente en el que se iba a encontrar a partir de ahora.

-… harta, ¡harta te digo!

- ¡Yo no tuve la culpa!

Pensé que esta vez discutían porque al patán de mi padre se le había caído un plato, o algo por el estilo.

- ¡ESE MUCHACHO NUNCA DEBERÍA HABER VISTO LA LUZ!

- ¿CREES QUE NO LO SÉ? ¿CREES QUE LE QUIERO?

- ES DEMASIADO TARDE COMO PARA LAMENTARSE, NO NOS TRAE MÁS QUE PROBLEMAS.

Hell me arañó en la mejilla, y al acercar mi mano a la zona dolorida descubrí que la sangre no era el líquido que allí se encontraba. Lágrimas atravesaban mi rostro sin piedad y yo no sabía por qué. Debería de haberlo sabido. Hablaban de mí, sabía que no me querían, pero oírlo en voz alta dolía más de lo que me espera.

- ¡TODAVÍA HOY NO ENTIENDO POR QUÉ NACIÓ ESA CRIATURA!

Dejé caer al felino. Era verdad que los gatos negros daban mala suerte. Lo descubrí ese día.”








Llevaba ya un par de semanas en ese lugar. Cada día era igual al anterior y el siguiente sería similar a hoy.

Estaba comiendo un plato de pescado que olía fatal y que probablemente  tendría algún veneno dentro. Mi mesa era la más alejada de la multitud, con vista a la basura. Al menos no me había tocado comer en el suelo.

Tan concentrado me encontraba analizando el por qué del color de las papeleras que no me enteré del individuo que se acercaba a mí hasta que depositó la bandeja sobre la superficie de madera pintada.

Lo miré por el rabillo del ojo y me encontré al típico niño pijo que hace locuras para llamar la atención. O eso pensaba.

-¿No vas a decir nada? Te estoy haciendo compañía.

Simplemente lo ignoré y seguí degustando aquel veneno que tenía por comida.

-¿Me escuchas?
 
-¿Me dejas en paz?-Levanté la mirada hacia sus ojos.
 
-Anda, pero si habla.

Chasqueé la lengua y bajé la mirada hacia las patatas. No hubo más conversación hasta minutos después cuando se acabó su almuerzo. Se levantó y dijo:

-Me gustaría que fuéramos amigos. Me llamo Colate.

Se fue dejándome una sensación extraña por su trato.

Me estaba acabando el postre, un flan asqueroso, cuando sentí que alguien se volvía a acercar. Pensé que era el individuo de antes pero me equivoqué. Vaya si me equivoqué.

- Hola.- No pude hacer nada más que sorprenderme.
 
- ¿Qué haces aquí?
 
-¿No es obvio, hijo? Vengo a visitarte.
 
-¿Visitarme? No me vaciles.-Mi tono estaba cargado de pura ironía.

Me agarró por un puñado de cabello.
 
-Háblame con respeto, que por algo soy tu madre.
 
- ¿Ahora te acuerdas de eso? Es tarde. – Le sujeté del brazo que no hacía más que tirar de mi pelo.

- ¡Calla y escúchame, niñato! – Estaba elevando el tono de voz, y eso nunca suponía nada bueno.- Tu padre y yo nos divorciamos.

-¿AHORA? ME JODISTEIS LA INFANCIA CON VUESTROS GRITOS, ¿Y SE OS OCURRE SEPARAROS JUSTO CUANDO YO NO ESTOY? Muy bien. Eso está genial.-  Me giré impulsado por el odio. – VAMOS, APLAUDID TODOS A ESTA MUJER CON INSTINTO DE MADRE.

La gente empezó a fijarse en nosotros, algunos incluso se acercaban como si fuéramos un espectáculo de calle.

Me paralicé al notar su mano sobre mi rostro. Seguramente tendría sus dedos marcados durante unos días.

- ¡ESTÁS CHIFLADA!
 
- No cariño, eres tú el que está en este reformatorio.

Yo sí que me volví loco en aquel instante, sintiendo la sangré hervir como nunca. Me preparé para devolverle el golpe, pero una mano fuerte y segura lo evitó. Lo vi de refilón, otra vez. Era el tal Colate.



 

Iloveny:


“Por alguna extraña razón los libros de Biología se me habían olvidado aquella mañana. Cuando la gruñona de la profesora se enteró no le hizo mucha gracia, aún así me hizo sentarme al lado de Daniela. Una vieja amiga a la que todavía no era lo suficientemente fuerte como para mirarle a los ojos. Teníamos un pasado doloroso en común pero aún así yo no era capaz de odiarla. La culpa no era suya. Aun que en realidad nadie tenía la culpa.

Me sonrió con incomodidad, seguro que ella sentía lo mismo que yo. Le devolví una pequeña sonrisa  forzada y me centré en las moscas que había en aquella aula. Era lo más divertido que podía hacer."

 

Por fin sonara la alarma que daba el fin de aquellas tormentosas clases y no tardó en aparecer la avalancha de adolescentes con las mismas ganas de desaparecer de allí que yo.

Estaba bastante mosqueada porque la profesora al final me había mandado una nota no muy bonita hacia mis padres. Que si su hija pasaba de todo, que si no hacía los deberes... La biblia en verso.

Quería acabar con alguna vida y en ese momento apareció la víctima perfecta. Emma.

Le pasé un brazo por los hombros y la atraje hacia mí amistosamente.
 
-Hola, querida Emma. ¿Te apetece jugar a un juego? Si ganas te doy pipas, y mira que son sagradas.
 
-Déjame.
 
-No deberías haber dicho eso. –Le metí un rodillazo en el estómago- ¿Qué? ¿Sigues sin atreverte?
 
-Maldita zorra, ¡suéltame!

Me enfadé muchísimo. Aquí era ella la perra. Ella se había acostado con el novio de otra. Lástima que fuese mi novio.

Empezamos a pelearnos como nunca en mi vida. Para empezar, ¿qué hacía ella allí parada? La respuesta llegó en forma de Charlie con un helado Kalise en mano. Habían quedado al salir. Eso me enfureció todavía más, ya que él nunca vino a buscarme al final de clases, y empleé más fuerza si eso era posible.

-QUIETAS LOCAS. –Me pareció escucharle gritar. Muchacho estúpido, lo mataría a él también.

Dejé de lado a Emma y le grité:
 
-LA CULPA ES TUYA POR HACERME CREER QUE ME QUERÍAS.

Se acercó, me trató de lunática al posar una de sus sucias manos en mi hombro, y me confirmó lo que yo ya sabía.

-Iloveny. Yo nunca sentí nada por ti, solo te quería para tener sexo. – Sigilosa, le quité el Kalise y se lo estampé en la cabeza.

-Maldito cabrón bastardo hijo de puta. Personas como tú no merecen vivir. – Dije serena. Entonces con todas mis fuerzas le metí otro rodillazo en sus partes nobles. Si seguía así acabaría por dejarle sin descendencia.

Alguien me abrazó con fuerza por detrás y me llevó lejos de allí. Me susurró:
 
-Tranquila, todo irá bien.
 
Era Daniela.



 Para Iniesta, por las risas al escribir sobre el Kalise.

23/9/12

CAPÍTULO 2:

Todos los personajes de esta historia son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.





"(Narra Colate): Estaba yo caminando por ese pasillo observando tranquilamente la foto de mi hermana pequeña cuando me choqué contra un cuerpo bastante fuerte. Levanté la mirada de la imagen para observar con una mueca de asco a quien se había atrevido a interponerse en mi camino. El individuo era James, uno de los más peligrosos de este lugar. Le sonreí con descaro. Ya sabía lo que me iba a pasar, y esta vez ganaría yo, o eso pensaba, porque detrás de James se encontraban sus dos perritos falderos dispuestos a dejarme inconsciente. Por lo que me adelanté a sus movimientos y le pegué un puñetazo con todas mis fuerzas en su bajo vientre. Él se tiró al suelo y le ordenó a los otros dos que viniesen a por mí. Yo salí corriendo con todas mis energías, que no eran pocas, pero desgraciadamente me alcanzaron y comenzaron a tratarme como a un saco de boxeo. Caí al suelo desvanecido y justo en ese momento apareció James, con su navaja en mano, y haciendo una exhibición estúpida de sus músculos me rajó la mejilla, en la cual no tardó en aparecer la colorada*. De alguna manera que todavía no logro comprender conseguí librarme de esos tres y eché a correr dejando sin querer atrás la fotografía."








Ro:



Hoy era uno de esos días en los que sabes que todo saldrá bien, el día perfecto. Me sentía relajado, sin tensiones y de alguna manera retorcida también crecía en mi interior un sentimiento de libertad aunque fuese precisamente lo único que no tenía. Libertad.

Caminaba tranquilo por el laberinto que era ese reformatorio, girando una izquierda otra derecha en cada uno de los cruces, era todo tan malditamente igual... pero la gente parecía no perderse allí dentro.

Otro desvío. Derecha.

No tenía ni la menor idea de qué se supone que debía hacer, los policías de poca monta ni siquiera se habían molestado en decirme en dónde se come. Y supongo que seguiría dando clases, a fin de cuentas aún soy adolescente.

¿Qué desvío tocaba esta vez? Ah, izquierda.

Lo que decía, que no tenía ni puñetera idea de a dónde debería ir o qué hacer. Por eso deambulaba por pasillos al azar, a ver si me topaba con algo para distraerme...

Ahora giro a la... ¿izquierda? Sí, izquierda.

A mi alrededor había de vez en cuando una inofensiva pandilla, una pareja, un individuo solo... aunque de esta última categoría solo había visto a un sujeto rubio, y estaba de paso, así que supongo que iría a reunirse con sus compañeros, porque no creo que aquí exista el término amigos.

Di a parar a una pasillo sin salida, con una única puerta cerrada que contenía un mensaje para cualquier bobo que se perdiera. Decidí acercarme a husmear, decía:


Desayuno: 7:00-8:15

Comida: 2:15-3:30

Cena: 21:45-23:00


Ah. Bien, bien, había encontrado al comedor. Esperaba volver a toparme con él. Tal vez debería haber ido dejando migas de poliespán por el camino. Aunque a ver luego dónde dormía.

Me volteé e inmediatamente entré en una encrucijada, ¿por qué lado había venido? Joder, tenía una memoria asquerosamente olvidadiza. Bueno, ¿qué más daba?

Fui hacia la izquierda porque soy zurdo.

Y me tropecé con el rubio que antes estaba solo. El muy... iba corriendo hacia quién sabe dónde y siquiera miró atrás, así que yo me quedé maldiciéndolo en el suelo.

En un abrir y cerrar de ojos estaba aprisionado contra una pared por tres energúmenos preguntándome qué narices pasaba ahí. ¿Era todos los días así? Puede que me gustara este reformatorio.

-Mira por donde, perseguimos a un insecto y nos encontramos con la hiena. - El espécimen en cuestión se me acercó más de lo que era soportable, empujándome con fuerza contra el frío muro a mis espaldas, mientras los otros dos me agarraban por las muñecas.

-Aplástalo, James. - El primero en hablarme parecía ser el líder, pues se deshizo de su chaqueta y la lanzó hacia uno de los secuaces, que la recogió sin chistar.

-¿Pero qué...? ¿Qué queréis, degenerados? ¡Soltadme! - Junté saliva y le escupí en la cara a James para que retrocediera, empezaba fastidiarme su juego.

Este se quedó paralizado observándome con una impresión palpable en su mirada. Al menos hasta que frunció el ceño y me golpeó repetidas veces en el estómago, provocando que mi cuerpo rebotara contra la pared.

¡Vaya con el muy imbécil! Sabía pegar, y realmente fuerte, cabe añadir.

No me llegaba mucho aire a los pulmones, y por consiguiente empecé a marearme mientras James decidía que mis costillas ya estaban lo suficientemente magulladas e intentó deformarme la cara.

-¡Esto por ladrón, hijo de puta! - Gritó al tiempo en que mi mejilla recibía su puño derecho. Escupí de nuevo, pues sentía que demasiada saliva se estaba acumulando en mi boca. Pero fue sangre lo que salió, y le manché todo el careto de un mejunje rojo baboso.

Así que era eso... se habían enterado de lo de la droga. Seguro que el listo del pasillo se lo había largado todo. Un momento. Se habían metido con mi madre. Con la alcohólica inconsciente de mi madre. ¡Ya me llegaba con mis putos problemas como para que viniera este a triplicarlos!

Con la ira circulando por mis venas –ya que no podía desperdiciar ni un litro de sangre más- le atesté un rodillazo bien dado donde más duele y a la milésima cayó al suelo llevando las manos a la zona adolorida. Resultaba cómico.

-Yo no robé nada, gilipollas, y a mi madre ni mu. - Lo rocié de nuevo del mejunje que salía de mi boca, volteándome para encontrar el camino a mi celda.

Pero pobre de mí, tan ingenuo... Hay una regla de lucha básica, "nunca le des la espalda al enemigo", porque el enemigo te puede dar semejante golpe en la cabeza que te deja delirando.

-¡EH, VOSOTROS! - Me pareció escuchar a lo lejos una voz autoritaria.

Los tres idiotas miraron hacia el pasillo frente a mí y echaron a correr alarmados -aunque yo no veía absolutamente ningún peligro además del corrillo de curiosos a nuestro alrededor- dejándose atrás una pertenencia valiosa.

Con el último ápice de energía que me quedaba me agaché para recoger el pequeño tesoro, la chaqueta de James. Me la puse con lentitud, teniendo sumo cuidado de no rozarla bruscamente contra mis molidos huesos. Pasé el brazo por la boca, limpiándome con la tela los restos de sangre, visto desde fuera debería tener una imagen lamentable.

No pude más, ese era mi límite. Me desmayé.



Me había despertado hace unos minutos en una especie de enfermería, curado y completamente solo, sin nadie a quien exigir explicaciones. Salí de allí sin más, perdiéndome de nuevo por el reformatorio.

¿Qué hora era? O mejor dicho, ¿qué día era? ¿cuánto llevaba allí dentro? Bueno, de todos modos no tenía mucha importancia.

Tras revisar los bolsillos de mi nueva prenda me encontré unos cuantos objetos reciclables, entre ellos una navaja y una fotografía con una muchacha. Era bonita. Pero iba a sufrir en mis manos en el lugar de su hermano, novio o lo que fueran ella y James.

Di a parar a una sala en la que había un montón de 
familias contentas allá donde mirases. Me asqueaba su falsa felicidad, y al mismo tiempo les envidiaba por ese ambiente que yo nunca conseguí ni conseguiré con mis padres. 

Escaneé la sala y mirada se detuvo en la de una muchacha que me resultaba conocida. Ah, claro: era la chica de la foto. La asesiné con mis ojos, preveniéndole del futuro que le esperaba. Ella se dio la vuelta y mantuvimos un pequeño contacto visual hasta que decició cambiar mis iris verdes por la pantalla de su móvil, visiblemente incómoda. Se dirigía hacia mí. ¿Qué pretendía? Me tensé cuando pasó a mi lado y mantuvimos de nuevo contacto visual, esta más largo y profundo.

Era preciosa. La atormentaría.




Iloveny:



“Era la noche perfecta, volvíamos de ver ‘Tengo ganas de ti’ del cine y tras una sesión de besos y caricias, nos encontrábamos en su coche, con Bobby en el maletero. Era un perro muy mono, pero el animal no era lo importante. Lo que requería toda mi atención era la sensación de sus manos recorriendo mi cuerpo de arriba abajo. Nos habíamos dejado llevar demasiado lejos, más allá de lo que era y podía soportar. Sin darnos cuenta yo estaba sin mi camisa y él tan solo conservaba su ropa interior. Sus fuertes brazos me agarraban con fuerza, prometiendo silenciosamente nunca dejarme ir, y yo le creía, porque estaba enamorada y él me amaba a mí, todo resultaba perfecto. Su mano derecha descendió lentamente por mi vientre, y yo ya sabía que pasaría si la dejaba continuar con su trayecto. Pero era lo correcto, una demostración de amor hacia la otra persona. Su boca abandonó mis labios y bajó con su mano allá donde se concentraba mi calor. Me besó el vientre con lujuria, y al momento recapacité sobre lo que estaba pasando, sintiéndome repentinamente asqueada.

Le agarré del cabello, tirando hacia atrás para poder ver sus pupilas dilatadas en exceso.

-Charlie, para... no estoy preparada y… - le escuché chasquear la lengua e incorporarse cuando la típica escusa vino a mi mente -  me duele la cabeza.”


 Caminaba por la acera de camino a la parada del autobús. Era un día lluvioso en el que a nadie le apetecía hacer nada, excepto estar en casa acostado y apoderado del mando de la televisión realizando esa acción a la que muchas personas llaman zapping. Pero en ese Sábado deprimente para muchos, yo estaba feliz, por fin iba a visitar a mi hermano. Llegué, me senté en uno de esos bancos llenos de graffitis hechos por borrachos a media noche y quité mi bolsa de pipas. Creo haberos hablado ya de mi adicción por ellas.  Poco después una pareja se sentó a mi lado. Miles de recuerdos me invadieron y algo parecido a las gotas de lluvia que dejaban caer las nubes recorrieron mis mejillas. Agaché la cabeza y suspiré. En ese momento llegó el autobús.

Cuando entré busqué un asiento libre. Había uno por el medio más o menos. Me tocaba sentarme al lado de un señor de unos 60 años. ‘’No suelen dar la lata’’, pensé. Así que me senté. Dejé la mochila que llevaba con los patines en el suelo. El autobús me dejaba a 500m. del reformatorio y llegaría antes con ellos.

Faltaba poco para llegar a la parada en la que bajaría cuando a mi compañero de asiento se le cayó una cosa al suelo. Más bien que caer, yo diría que lo tiró. Se agachó a cogerla y noté como subía su mano por mi muslo. Me puse muy nerviosa, solo se me ocurrió levantarme de golpe. Un viejo de 60 años metiéndome mano. El día que pretendía ser perfecto se estaba convirtiendo en una mierda.

-¿PERO QUÉ CREE QUE ESTÁ HACIENDO? – Grité. Todo el mundo giró su cabeza para ver lo que ocurría.

-¿Perdón? No te escucho.

Me entraron unas ganas enormes de pegarle una bofetada, pero quedaría yo como la mala de la película. Yo no tenía pruebas de que me acosó, y el tenía de testigo a todo el mundo de que yo le había pegado, así que metí la mano en el bolsillo de mi sudadera y estuve de pie el resto del camino. Menos mal que fue poco tiempo porque no aguantaba más con todas las miradas fijas en mí.

Me bajé y me puse los patines. Iba a mi ritmo, cuando escuché a alguien toser detrás de mí. Me dí la vuelta y pude observar al señor del autobús.

‘¿Qué? ¿Esto es una broma, verdad? Me estoy equivocando’, pensé. Pero no, no estaba equivocada, era aquel hombre. ¿Qué quería? El pánico se apoderaba de mí y no sabía que hacer. Era más rápida que él, pero si me pillaba y me hacía cualquier cosa, ¿quién me ayudaría? No estábamos en el centro de New York, precisamente. Me limité a seguir patinando, esta vez el triple de rápido. Quizás el también iba hacia el reformatorio…

Cuando llegué me puse mis zapatos, y entré. Me sabía de memoria el camino hacia esa sala. Todo recto, a la derecha, sigues caminando y la puerta del fondo a la izquierda. Como era el día de las visitas había mucha gente. A ver, alguien rubio, y alto… Recorrí con la mirada toda la sala y encontré a alguien con esas características mirando por la ventana. Me acerqué sin hacer ruído y mis manos cubrieron sus ojos. Me acerqué a su oído y le susurré:

-¿Quién soy? – No le veía la cara, pero noté como sonreía.

-La única persona que viene a visitarme y la más fea de este planeta, mi hermana.

-¡Olle! De todo menos fea, ¿eh? – Quité mis manos de sus ojos y él se dio la vuelta. Mis ojos se fijaron en su cara, llena de moratones, cortes, y heridas de todo tipo. El mundo se me cayó encima. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le habían hecho? En ese mismo instante un montón de lágrimas se asomaban y yo luchaba para que no lo hiciesen. Le abracé con todas mis fuerzas hasta que gimió del dolor, supongo que le habría apretado una herida. Me separé lo más rápido que pude.

-¿Qué… qué… qué te pasó? – susurré como pude.

- Pues digamos que me dolía la cara de ser tan guapo y me pegué a mi mismo para que las mujeres no se fijaran tanto en mí.

 - ¿Qué?

 -Serás tonta… No te preocupes, una paliza como otra cualquiera. Sabes que no es la primera vez que me hacen esto. Los imbéciles esos que se creen los mejores del mundo y  se aburren, tienen envidia y me pegan.

-La próxima vez si te hacen algo así vendré a matarles yo personalmente.


- Cuéntame algo de ti, anda.


-Pues te echo de menos, un viejo me ha acosado en el autobús de camino, ¡qué asco! Discutí con mamá y papá otra vez y… lo dejé con Charlie, pero de eso no quiero hablar.

 - Vaya, veo que cuando no estoy yo es cuando pasa todo lo interesante.


 Seguimos hablando por casi una hora más hasta que un guardia nos dijo que teníamos que irnos. Me volví a abrazar a Colate y le dije:


 -Volveré pronto, bicho. No me eches de menos.

 Me dí la vuelta, y me dirigí hacia la salida. Sin darme cuenta, me fijé en un muchacho que estaba de brazos cruzados apoyado en el marco de la puerta. Mantuvimos un pequeño contacto visual, el que cambié por la pantalla de mi móvil, me sentía incómoda. Cuando pasé por su lado me tensé, suspiré y mantuvimos de nuevo contacto visual, esta vez más largo y profundo.

Era precioso. Pero no me inspiraba confianza.
 
 *Colorada: sangre.
Por favor, no copies.
Para Suso, por su ayuda con el personaje de Charlie.
 

4/7/12

CAPÍTULO 1:


Todos los personajes de esta historia son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.


Ro:

“La primera vez que la probé tenía 14 años. Ese día la discusión había llegado a límites que sobrepasaban el típico castaño oscuro. Mi madre se había olvidado de ir a buscarme al entrenamiento, y tuvo que ir mi padre a por mí horas más tarde. Al llegar a casa comenzó la batalla.

Yo no quise oír una palabra. Estaba harto. De sus gritos. De sus golpes. Del intoxicante sabor a alcohol en mi comida precalentada.

Por lo que nada más ver la descomposición de lo que pretendía ser un ambiente familiar corrí hasta alcanzar un escondite donde jamás me encontrarían… Y lo dejé salir. Sí, esa noche lloré, y todavía no recuerdo haberlo hecho desde entonces.

Luego… en un momento del letargo en mi cápsula de lágrimas, se me ocurrió mirar en la mochila. Pero esa carpeta roja, esos cigarros y ese mogollón de bolsas blancas no eran mías. Lo juro. No fue necesario estar en mis cinco sentidos para comprender que eso estaba mal, muy mal.

Mi primer pensamiento fue correr a enseñárselo a mis padres. Pero había perdido la noción del tiempo y probablemente seguirían discutiendo, y no quería enfrentarme nuevamente a eso.

Así que… saqué un papel de la carpeta, desdoblé una bolsa abierta que al instante se derramó por ese  suelo increíblemente marrón. Entonces respiré… y ya no pude parar.’’


Desperté a causa de un olor dañino que inundaba mis fosas nasales en toda su totalidad. Era ya muy tenue, pero lo habría reconocido en cualquier lugar; ese olor era mi camarada, mi compañía en los malos momentos y también habría sido mi mejor amigo en los buenos, pero hacía mucho tiempo ya que no experimentaba la felicidad de los días plácidos, así que simplemente era mi aliado a todas horas.

Intenté incorporarme, pero nada me resultaba conocido. Aunque no pasaba mucho tiempo en mi habitación todavía la reconocía, y a mi padre jamás se le habría ocurrido quitar todos los muebles porque sí. Ya ni hablar de esa inconsciente que se hacía llamar “mi madre”. Y no me era familiar una habitación tan ordenada y vacía, no en mi casa.

Pero respirar es un acto involuntario, y tras unos jadeos la necesidad se activó de inmediato e inconscientemente mi cerebro susurró la amarga verdad tras ese tufo. No era nada más ni nada menos que el porqué de mi estancia en ese lugar tan… hueco. El mono… Él me había conducido como un taxista amable a esta adorable prisión de ensueño.

Y con mono no quiero decir chimpancé ni ninguna otra clase de antepasados, sino la adicción. La necesidad de meterme más de esa mierda que me consumía poco a poco.

Respiré fuertemente, y la carencia de esa droga en mi organismo resultó abrumadora; no estaba acostumbrado a una ausencia de ella tan prolongada.

Y supongo que fue esa desesperante falta la que me hizo levantarme del todo de aquella cama blanda en la que dormía para buscar frenéticamente el inicio de ese hedor… ese hedor reconfortante que me haría olvidarlo todo durante los minutos que durara el paraíso.

Así que, descalzo y sin pantalones, salí de esa celda para aventurarme en las profundidades de aquella mansión oscura en la que vivíamos tantos adolescentes descontrolados. Claro que yo era el niño nuevo tras mi primera noche no-oficial aquí.

No quiero decir que olfateé el ambiente como un perrito faldero, como Obelix o cualquier otro necio personaje de dibujos animados, porque serían puntos menos  a mi reputación. Pero sí diré que el placer se dibujó en mi cara al imaginarme lo bien que me lo iba a pasar con mi amigo. O mi amiga, según las circunstancias y la persona.

Llevaba un par de pasillos recorridos cuando vi una ventana.

Gracias a unos gruesos barrotes oxidados que se romperían en cuanto los tocaras, el sol entraba a duras penas. No sabía qué hora era, no tenía modo de saberlo; Mi reloj me había sido arrebatado a la fuerza para estudiarlo en profundidad por un par de tíos bigotudos -probablemente eran unos maderos-  y como he dicho antes era nuevo aquí, por lo que aún no sabía que se podía leer la hora en la tercera planta baja, segundo pasillo a la derecha. Pero añoraba al sol. Era ridículo si contamos que no pasara ni un día desde la última vez que lo vi en toda su brillante plenitud, allá en el cielo. Mas no por ello dejaba de ser cierto.

Pero me estoy desviando. Yo observaba una ventana en la que casi no entraba el sol, debería de ser muy temprano o quizás fuera un doble ventanuco - en caso de que los barrotes cedieran- para asegurar nuestra estadía en aquel pútrido lugar.

Miraba a ese espejuelo fijamente como un estúpido, cuando unas voces llegaron a mis refinados oídos, eses que no me sirvieron de nada en el momento de escuchar la maldita advertencia de la sirena policial. Era todo una jodida ironía, Dios te otorga un don y te falla cuando más lo necesitas para salvar tu culo. Pero Dios no existe ni siquiera hoy, sino se apiadaría de mí y mi estado, y me habría enseñado la puerta luminosa al final del túnel.

Las voces me condujeron al desvío de un pasillo a la derecha, lo que resulto genial, ya que tenía sitio de sobra para esconderme. El griterío era de unos que, supongo, serían mis nuevos compañeros de casa, y discutían muy acalorados sobre donde esconderían aquellos preciosos saquitos blancos llenos de felicidad. Y de drogas.

Pero los muy memos no se dieron de cuenta de que el más listo de ellos estaba fumando en el pasillo que continuaba frente a mi, oculto en una esquina paralela a la mía, fuera de la vista de los energúmenos que no podrían ser mucho más mayores que yo, porque en ese caso ya no estarían aquí. Seguro que el olor de ese porro era el que llegara a mi nariz y me despertara de mi sueño rejuvenecedor.

Al chico parecía ya no quedarle mucho tiempo en este mundo, pero tenía de esas bolsitas a rebosar, y seguramente no podría ni con una calada más. Seguro que se habría alegrado de que no le sobrara ninguna para los pavos que seguían riñendo, así que decidí ayudarlo.

-Ei, tú, pásame una de esas. – Le susurré con una voz embotada a causa de su desuso, señalando claramente a los paquetitos que le rodeaban.

Fue más fácil de lo que creía, pues en nada me lanzó uno de ellos con una fuerza sorprendente, tanto que tuve que retroceder para recogerla. Los otros parecieron no enterarse del intercambio, y si lo hicieron no pusieron queja alguna.

Yo, a diferencia de mi compinche del pasillo, fui inteligente y me tambaleé de vuelta a mi celda, aunque no sé si era la mía, eran todas tan iguales que podría ser perfectamente de los que se peleaban, porque cundo me fui ya no solo había palabras.

Me tumbé en la cama y enrollé entre mis dedos la cadena del collar. Era una suerte que ese no me lo hubieran quitado. O quizás fueran mis súplicas ñoñas de que era un amuleto de familia. De todos modos, los hombres aquí eran unos pringados inconscientes.

Tiré de la pulsera e hice magia, pues salió un pedazo muy delicado de papel con el que envolví lo que quedaban de los polvitos blancos, porque mi amigo el listillo la abriera descaradamente y tras tanto salto ya no le quedaba mucho dentro, a la pobre bolsita.

Y mi colgante, ¡que alguien bendiga a ese colgante! Tenía forma de bomba, con un aro alrededor, como Saturno. Pero era un mechero, nadie se lo imaginaría, ¿eh?

Por lo que todo era jodidamente perfecto, tanto, que incluso me llevé la improvisación a los labios y nadie me pilló. Sonreí, como siempre que me rencontraba con mi vieja amiga la droga. O mi amigo el tabaco. O mi amigo el alcoh… Mis amigos, resumámoslo ahí.

Aspiré frenéticamente; había echado tantísimo de menos esta sensación…

Ah… el mono. El incuestionable causante de todas mis alegrías y problemas.





 Iloveny:

 “No me lo podía creer. No podía creer que me hubiera engañado. Yo que pensaba que lo nuestro era verdadero, que por fin había encontrado al amor de mi vida… pero él me engañó y utilizó como una muñeca hinchable que no consiguió estrenar, ya que yo no estaba lo suficientemente preparada. Y ahora mismo lo agradezco.

 Decidí buscarle para matarle. La rabia me consumía poco a poco. Él tendría que entender mi dolor, por las buenas o por las malas. Cuando lo encontré las lágrimas corrían por mis mejillas con fluidez. El muy ganso estaba con sus amigos los pijos paseando a su chihuahua baboso al que llamó Bobby.

 – ¡Tú! Anormal. – Grité con toda la cantidad de odio acumulado.

- Tranquilízate carí, ¿qué pasa?

- ¿Cari? ¡¿Cari?! ¿¡CARI?! – Empecé a hiperventilar.

- ¿Pero qué pasa?¡A ver! – el muy memo aún tuvo la decencia de acariciar mi inmaculada mejilla con sus sucias manos, por lo que descargué todo mi odio en una cachetada en su moflete izquierdo.

-  Todas esas veces que me dijiste que me querías y ahora me engañas con otra, acostándote con ella. ¡Y qué otra! Nada más que la mayor puta de mi instituto, la zorra de Emma.- Las lágrimas desbordaban por mi mentón y caían de forma insonora en el pavimento.

- Por lo menos ella me da lo que tú no.- ¿Cómo tuvo la decencia de decir eso?

- Ah.... ¿Es eso, no? Como no me quise acostar contigo te tiraste a la primera que se te pasó por delante ¡Eres un chuli-boy asqueroso!

- Vale, hasta aquí llegó nuestra relación.- Me quedé bloqueada y perdí todo el color escarlata de la ira. Yo de verdad lo amaba.

- ¿Qué?¿Qué tu me dejas a mí? Eres un psicópata insensible.-Le pegué un rodillazo en sus jodidas partes nobles para que tuviera un buen recuerdo de mí. -Me las pagarás. – susurré.

 Días más tarde la ciudad estaba empapelada de carteles de: Se busca un chihuahua que responde al nombre de Bobby. ”



Me desperté con un dolor de cabeza inmenso. Estaba acostada en mi cama con el pijama puesto. No tenía ni la menor idea de qué hora era, esa tarde me había metido en cama por culpa de los malditos recuerdos que me traía el imbécil que tenía como ex-novio y lloré como nunca lo había hecho hasta que me quedé a dormir. Me levanté y encendí la luz. De repente ví lo que supuestamente era mi habitación, estaba todo tirado y varias cosas rotas. Hice un poco de memoria y recordé que horas antes había tirado con todo lo que se pasaba por mi doloroso camino. Con un poco de cuidado me acerqué al espejo y pude ver mis ojos hinchados y rojos, como la nariz de un payaso. Una sonrisa irónica se dibujó en mi cara. ‘Todo esto por ese idiota al que quiero tanto’ pensé.

 Dí media vuelta y me metí en el baño que había en mi habitación. Encontré una foto tirada en el suelo, en ella aparecían dos jóvenes sonriendo y dándose un abrazo. Como echaba de menos ser feliz con él, reírme con él, estar con él. Llevábamos unos cuantos meses saliendo y se había convertido en mi obsesión. Se había echo indispensable en mi vida. Sin quererlo noté como unas gotas de agua caían en la foto y pasé mi mano por ellas. ‘Basta’ dije. Tiré la foto al suelo y me metí en la ducha. Pasé más rato del que pensaba ahí, me puse a pensar en todo lo ocurrido. ¿Y si se lo contaba a mis padres? ¿O era mejor callármelo? Escogí la segunda opción, si se lo decía a mis padres lo más probable era que me armaran toda la historia de siempre. Que si tener novio me bajaba el rendimiento escolar, que si me estaba volviendo una cualquiera, que me dejara de estupideces… Nunca me comprendían, de hecho, muy  poca gente lo hacía, por eso no tenía muchos amigos.

 Salí de la ducha. Me puse un poco de ropa y me peiné. Decidí recoger un poco mi habitación antes de bajar. Al acabar, dejándola lo mejor que podía en ese momento, salí cerrando la puerta con un enorme portazo, que sonó como una bomba para mis delicados oídos y sin quererlo, se escuchó en toda la casa.

 Al llegar a la cocina estaba la mesa puesta, pero no encontraba a mis padres. Me extrañé un poco pero decidí esperarles. Fui al comedor y puse la televisión. Primer canal: película de amor. Segundo canal: novela romántica. Tercer canal: programa de una pareja reconciliándose. ‘¡PERFECTO!’ Grité. ‘Todo el mundo se pone de acuerdo para joderme más este maldito día’. En ese momento llegaron. Me levanté de un salto, lo que produjo que se escucharan los viejos y oxidados muelles del sofá y apagué el aparato.

-¿Cenamos? – pregunté.

-Adelante - contestaron ellos.

Había algo distinto en sus miradas, algo que no me gustaba nada. Nos sentamos a la mesa y empezamos a comer. Puré de patatas y filetes. No estaba mal.

-¿Te ha pasado algo estos días hija? – dijo mi padre un poco borde.

- No me ha pasado nada – respondí con el mismo tono de voz.

- ¿En serio? Tienes los ojos un poco rojos ¿Has estado llorando?

- No papá. – Era mejor no decirles nada, acabaría más destrozada de lo que estaba.

-Sabes que puedes confiar en nosotros, ¿verdad?

- No estoy muy segura – dije en voz muy baja. Esa era la verdad. Bueno, la completa verdad es que estaba totalmente segura de que no podía confiar en ellos.

- ¿Has dicho algo?

- Que sí, que sí lo sé.

- Bien.

La cena siguió y ninguno de los presentes dijo ni una sola palabra más. No era un silencio agradable en los que te pones a pensar en qué rica está la comida o en lo que te pasará mañana, era uno de esos silencios en los que deseas con todas tus fuerzas que se acabe, que alguien diga algo, lo que sea, pero no seguir así. Un silencio incómodo. Demasiado para mí especial gusto.

Acabamos y me fui al comedor, no quería entrar en mi habitación otra vez, no quería volver a recordar, por lo que cogí mi bolsa de pipas y mi libro favorito. ¿No os lo he contado? Siento una adicción especial por las pipas. Mi familia dice que no es normal. Yo pienso lo mismo pero, ¿qué más da? Es mejor que engancharse a eso que le llaman drogas y que mata a tanta gente. Además es mi manía, y nadie me la arrebataría.

 Me pasé un rato leyendo hasta que entraron mis padres en el comedor.

 -¿Qué es esto Iloveny? – dijeron con un tono de voz frío, o más bien helado.

-¿El qué? – pregunté un tanto extrañada

-Esta foto. 

Y me enseñaron la foto que tiempo atrás había dejado en el baño. Mierda. Toda la posible tranquilidad que necesitaba en ese momento, se estaba esfumando con las agujas del reloj.

 -Es con un amigo, ¿por?

-¿Un amigo? No parece que seáis amigos, ¿cuántas veces te hemos dicho que no queremos ‘novios’ en tu vida? ¿Cuántas? ¿Por qué no te dedicas a estudiar en vez de hacer el gilipollas? Nos tienes hartos con tus tonterías de niña pequeña.

-Sí, era mi novio, ¿y qué? Yo soy la que estoy harta de vuestra actitud conmigo – exploté, igual que una bomba instalada para estallar a una hora precisa. Esa era mi hora. Cada vez elevaba más el tono de mi aguda voz – Desde que se fue os convertisteis en extraños para mí. ¿Qué pasa si tengo ‘novio’? Es mi vida y  tendríais que respetarla. Pero claro, a vosotros solo os interesa que mi puta media sea de un nueve, para tener una buena carrera y manteneros cuando seáis más viejos todavía. Tener claro que cuando cumpla los 18 me largo de aquí, no lo aguanto más.

 Salí corriendo, pero no en la dirección en la que se iría todo el mundo, o en la dirección que se irían las actrices de las típicas películas americanas. Ellas se escaparían de casa o cualquier otra chorrada. Yo, en cambio, subí las escaleras y me encerré en el cuarto de mi hermano. Ese cuarto, que desde hacía tiempo estaba vacío. Nada más entrar me invadió ese particular olor, su olor. Entró por mis fosas nasales en milésimas y lo agradecí en ese instante. Me fui acercando más y más a su cama, hasta que me  agaché y cogí una foto que estaba encima. La miré.

-Dios mío hermanito, te necesito y no sabes cuanto. Tú eras el único que me comprendía. El único que entendía de alguna forma mi vida, y la respetaba.

Me tumbé en su cama. Hacía exactamente un año que no pisaba esta casa, que no hablaba conmigo o que simplemente no mirábamos juntos una película. Todo este tiempo, había estado en un reformatorio por culpa de mis padres. Si os digo la verdad, sentía que ni eran mis padres. Solo lo visitaba cada mes, si coincidía, pero decidí ir a visitarlo cada semana, dedicarle mi tiempo. Él lo merecía.

Me quedé a dormir en su cama, echa un ovillo. Necesitaba sentirlo cerca, aunque estuviera tan lejos.

Le echaba de menos.



Por favor, no copies.
Para las LFA, que no están en su mejor momento.